La Venus de Milo

(…) Un trozo que te entrego con la esperanza de entregarte toda mi alma, completa.  

No me atrevo a dibujar las formas rotas de su cuerpo. La estatua que alguna vez fue mujer, hundida y en pedazos suplicando amor tal vez a un clérigo o a un embajador. Un museo no podría contener la vastedad de sus carencias, quien por brazos tiene ausencias y por piernas, la añoranza de encontrar rincones en las islas, escaleras en el mar y amplias ventanas en los cielos.

La Afrodita de carnes abatidas y golpes incurables regresa a mí, corriendo hacia el sendero que marcan las pulsaciones de su corazón compungido. Cien latidos por segundo, tal vez menos. Su candidez la lleva a imaginar una danza en círculos y velas encendidas, sacrificios en su honor e hilos de incienso recorriendo los templos, las ciudades, descubriendo horizontes y atmósferas. Eres diosa suplicante que con ruegos y peticiones se hace menos diosa.

En vano pretendes despertar en mí la necesidad de rendirte culto. Ídolo intermitente de otros hombres.  En otras vidas, tus  delirios irrumpen y agrian mi fascinación. Eres estatua y dureza. Tus ojos no me ven, tu boca no me habla. Encolerizada, lloras porque te reclamo que tengas escrito en la frente “estás incompleta”. Me  preguntas si alguna vez lograrás abarcar los espacios dispersos de mi melancolía, para disiparla con relatos interminables, canciones y ritos embriagadores y alegres.

No diría que alguna vez. No diría que jamás. Somos lo que adoramos, mujer rota. Creo que no sería el primer iconoclasta en los anales de la historia: Entonces arranco de la pared tu desacralizada imagen, de la mente tu nombre en el que no existe poder ni esperanza, rompo lo que queda y me deshago de las virutas de hierro y de bronce. Este es el día. Me  levanto de las cenizas asegurando sin pudor, que adorarte es estar muerto.

Y que he dejado de adorarte.

 

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El primer funeral de Ismael

Dios nos susurra en nuestros placeres, habla en nuestra conciencia, pero grita en nuestro dolor: es su megáfono para despertar a un mundo sordo.

C.S. Lewis

Han pasado dos meses desde el funeral de Gonzalo, al que por supuesto no asistí debido a mi mala suerte con las aerolíneas. Vi el rostro del hastío como me lo prometió en su última carta, desafiando una vez más mis deseos de seguir con esta vida pintada a mano alzada. Una vida sumida en la imperfección, en la duda. ¿Qué hago aquí? Quiero decir, en este mundo. Y con la súplica de esa vieja canción “reloj, no marques las horas”, me encuentro como el eterno extranjero llegando a una tierra de nadie en la que el río Atrato no tiene ningún curso fluvial, y familias enteras se suben en lanchas para llegar a Turbo antes de Navidad.

El sol me tenía desesperado y me obligó a comprar una sombrilla satinada. No sé a qué me trajo Alejandro, pero prometió que este viaje me haría bien. Y hasta ahora, solo he recogido en mi memoria diferentes imágenes que aplauden la triste contradicción. Años de deforestación, minería ilegal, prostitución, pobreza y corrupción, se olvidan en instantes de juerga, aguardiente, luces navideñas y música festiva. El olvido estatal es dos veces el olvido. Y ese olvido se cura solamente con amnesia preventiva.

Alejandro se cansa fácilmente, así que me pidió que le buscara una silla. Encontré una en una joyería en la que el fulgurante metal llamaba la atención de cualquier transeúnte. Le dije a mi amigo que se sentara mientras yo fingía ser un comprador. Y fue entonces cuando los precios me hicieron reír a carcajadas. Un collar de 12 millones de pesos, aretes de 900 mil, pulseras de 4 millones. Supe que algo estaba mal, que no podía hacer nada al respecto, y eso enfureció aquella humanidad que residía en algún rincón de mi desesperanza. No tengo cifras en mi cabeza, ni estudios comparados. Pero lo que sabe el “ciudadano de a pie”, es que el Chocó es pobre. Que los niños mueren de hambre, que todas las ONG del planeta han pisado o pisarán estas tierras.

Caminando hacia el hotel, pensaba que Dios no tenía visa colombiana. Me reí, porque aclamado como el mejor de los artistas, decidió abandonar su obra a la suerte del mismo desastre que ahora lo niega: la raza humana.

Tío Gonzalo, no sé a dónde fuiste. Pude ser mejor persona, como me lo decía Mariana. Pude cuidarte, pude salvarte. Llamarte cuando estaba triste, invitarte a casa en Navidad. Te invito a mi cena, encerrado en el baño de un hotel en Quibdó. Tirado en un suelo húmedo, adolorido física y emocionalmente. ¿Por qué no estás? Otra vez me quedé solo.

Hoy creí verlo en la catedral de San Francisco de Asís. Entramos unos minutos porque hacía mucho calor, y estaban en un funeral. Me sentí agobiado, acongojado. Alguien más había perdido a algún Gonzalo. Alguien más estaba completamente solo. Había un hombre indígena a las afueras de la iglesia haciendo collares con mostacillas de mil colores. Y su cara era familiar, quería quedarme a su lado toda la tarde. Mi tío reencarnó en ese hombre o yo sufría alucinaciones. El calor y el dolor pueden provocarlas, y podía sentir una angustiosa mezcla de aquellos.

Saliendo del baño, me percaté de un cuadro colgado en la pared de mi habitación, que exponía el fragmento de un versículo:

… cambiaré tu desierto en paraíso.

Y me quebré de nuevo. ¡Si existieras no me sentiría solo! ¡Si me amaras no te habrías llevado al único hombre para el que era suficiente! ¡Si me perdonaras, no sentiría este ahogo todo el tiempo! Me cansé de este escenario, de querer prolongar una existencia que se siente vacía. ¿En dónde está Mariana? ¿Cuáles son mis premios o galardones? ¡Muéstrame quién eres realmente, Jesús!, ¡Quiero verte si es que existes!

—Tienes que abrir la puerta, Ismael.

—¿Qué?… ¿Quién?

—¿Viste la majestuosidad del río? ¿Te diste cuenta que en ese funeral que te impactó, la esposa del difunto estaba siendo profundamente amada por sus hijas? ¿Sabes lo que Alejandro  haría por ti? Es un verdadero amigo.

—¿Quién habla?… No es gracioso.

—Heme aquí. Es Navidad, Ismael. Déjame entrar, tu corazón quiere cenar conmigo.

Vuelo cerrado

Jamás lo había visto tan alterado. Estaba gritándole a la mujer del mostrador de la aerolínea, sin sospechar siquiera que le rodeaban cientos de viajeros aterrorizados por sus alaridos. Era un animal grotesco intentando embestir a su contrincante, una agraciada pelirroja que lo miraba deseando calcular sus movimientos, atenta a reaccionar ante una zarandeada o una bofetada. Yo estaba atónito. Si bien Ismael tiene un carácter insoportable cuando se lo propone, no era un hombre agresivo. Todos sus imperativos éticos, las ideas románticas de la igualdad, la no-violencia, estaban deslizándose con rapidez por el tubo imaginario de la confrontación pública. Fueron 15, tal vez 20 minutos en los que se propuso explicarle a la mujer como si fuera tarada, que la maldita pantalla no estaba actualizando el estado de los vuelos, que sus compañeros eran unos idiotas que no habían sido capaces de informarlo adecuadamente, y que ese era el motivo por el que no iba a estar en el funeral del único hombre que alguna vez le había inspirado verdadero respeto y admiración: su tío Gonzalo.

Mentiría si asegurara que no me sentí ofendido. Somos amigos hace ocho años y él estuvo a mi lado en el duelo por la muerte de Mariana, pero quizá yo era solo… un admirador más que había decidido cargarle una maleta de 20 kilos y traerle un café cargado mientras él desprestigiaba a cualquier miembro de la aerolínea que tuvo la mala suerte de venderle un tiquete al Guainía.

Me sentía presenciando una escena de mal gusto. Ismael empezó a revolotear, regó el café que llevaba en sus manos temblorosas y luego, como un mártir escondiéndose en una trinchera, caminó torpemente hacia una silla, se sentó en posición fetal y empezó a repetir el Padre Nuestro sin pensar siquiera en lo que estaba diciendo. Si yo fuera Dios, me habría burlado de ese neurótico maltratador y habría hecho llover ranas o langostas. Pero como afortunadamente no soy Dios, del tumulto salió la pobre criatura mancillada por mi amigo, indicándole que podía incluirlo en lista de espera para el vuelo del día siguiente. En un tono desprovisto de cualquier emoción, le indicó que por ello debía pagar una penalidad y que la posibilidad de embarcarse dependía de algún olvidadizo que decidiera llegar después de la hora señalada.

–Padre Nuestro, que estás en el Ciel…. ¿Mañana? ¡Pero el funeral es esta noche! Espere, quizás si hago una oración para que resucite, y vuelve a morirse de acuerdo a la disponibilidad de vuelos de su remedo de aerolínea, ¡yo pueda llegar a mi destino!

Cuando dijo “yo pueda llegar a mi destino”, una boca le salía de su boca, estaba a punto de golpear a esa mujer y yo sería cómplice de un loco misógino que cometió homicidio por un miserable vuelo perdido. Esas últimas palabras las vi en slow motion y podría jurar que su mirada era la del endemoniado gadareno. En un acto de cólera, volvía a recitar el Padre Nuestro, esta vez más rápido, alzando la voz y rascándose las manos con desespero. El pobre arqueó el cuello y en ese momento pude ver que tenía los músculos tensos y estaba sudando.

–¡Ismael, Ismael!… escúchame. Cierra los ojos. Y respira. Inhala. Exhala, eso. Inhala, exhala.

Hice ese ejercicio durante dos minutos. Veía cómo la bestia iba aplacándose. Me acerqué, lo abracé y le dije en voz baja:

–Ismael… tu tío Gonzalo está muerto.

Empezó a llorar, con un desconsuelo consciente y pausado, un triste murmullo que dejaba brotar el dolor enquistado que había crecido en las últimas 48 horas. Ni siquiera mi pequeño Tomás lloraba así. Le hice señas a la mujer para que se retirara y seguía conteniendo en mis brazos al niño roto de 32 años, que estaba a punto de confesarme algo mientras gimoteaba:

–Fui la última persona que habló con Gonzalo. En los cuatro años en los que estuvo aislado en esa selva espesa, jamás me había llamado. Y ese día lo hizo, como si hubiese presagiado su muerte y yo fuera el heraldo negro de la familia Caballero.

–¿Y qué te dijo?  ¿Sabía que se iba a morir? –Esa pregunta le causó un llanto aún más fuerte, sus aullidos eran espantosos.

–¡Maldita sea, Alejandro!… No le puse cuidado a lo que me estaba diciendo.

Escuderos perdidos

Escribo desde mi imaginario café en algún cálido rincón al sur de Capadocia, figurándome cómo sería este viaje si ustedes me hubiesen acompañado. Los llevo en el recuerdo, escuderos que dejaron para siempre los caminos de todo hilo argumental que sea de mi autoría. Con nostalgia recuerdo haberles abierto las puertas de mi hogar. Compartir historias con ustedes, saber que estarían dispuestos a brindarme su amor inmutable.

En esta tarde enfrento la misma sensación de extravío que tal vez sintieron ustedes al notar que no me encontraba cerca, cuando en las calles pasaban de largo aun sabiéndome conocida. Confieso que tenía la amarga sensación de que los lazos se romperían, porque reparo en las batallas que pierdo sin luchar siquiera. Se malogró toda armonía excusándome en la falta de tiempo, en los afectos incontenibles, en el espacio, en la distancia. Ustedes son tesoros que dejé en alguna isla. Qué necedad la de abandonar en cualquier lugar esas gemas, esas perlas, esos rubíes que tanto me costó desenterrar en un principio.

Viví sus alegrías, cené en sus mesas. En el rincón de esta nostalgia habita también la culpa. En la culpa reside otro sentimiento parecido al amor finito, quisiera volver a verles como ustedes quizá han querido escucharme alguna vez en el transcurso de todos estos años. Esta intenta ser una misiva pidiendo perdón a ustedes, los amigos que he perdido. Una misiva cobarde que les recuerda que no seré capaz de hablarles de nuevo, porque no sé recuperar lo que extraño, porque prima salvaguardar el recuerdo de una persona que no existe más. ¿Serán ustedes los mismos que eran cuando la manifestación de nuestros misterios se entrelazaba en largas conversaciones, acompañadas de cafés, juegos de estrategia o adivinanzas?

Es aterradora cualquier tierra desconocida en la que estén ustedes sin mí, porque ciertamente no me pertenecen ni les pertenezco. No accedo a ustedes, ni ustedes han de preocuparse siquiera por la que alguna vez fue la solución para hacer llevadera la carga del día a día, la voz que hablaba cuando era menester hablar, quien escuchaba pero adoraba ser escuchada por ustedes. Mis amigos de la infancia, de la adolescencia, de esa adultez enceguecida por las historias de amor con finales de exilio, me embarga la necesidad de recuperarlos pero es demasiado tarde. No sería humano brindarles pan cuando tienen sed, eso ustedes los saben.

Si les infundo valor o misericordia, si pueden perdonarme, los exhorto a iniciar un reencuentro que deseo con ansias. Quizá en los mismos cafés universitarios, en los lugares que nos vieron disfrutar del otro a merced de la alegría de la vida nada más, porque en ese entonces nada más importaba. No es un ánimo pretencioso de exponer mi nobleza el que me lleva a escribir estas palabras. Es simplemente el recuerdo ante la ausencia de esa nobleza, el recuerdo mismo de lo valioso que fue tenerles a mi lado, el triste desenlace que me causé por haberles soltado de la mano. Y no los encuentro más. Y no sé en dónde están.

No es el orgullo, es la cobardía. Sus benevolentes almas jamás me cerrarían la puerta que han abierto unas cuantas veces en el pasado. Me siento indigna de volver a tocar. Tengan compasión de nuevo, rescátenme de la comodidad de una indiferencia desgarradora. En este sueño de abrasadora cordialidad, de añoranza desmedida, les invito a que se sienten a mi lado en esta arena blanca. Que sonrían con los ojos entrecerrados encontrándose vulnerables frente a un sol incandescente que cae sobre el café de mi imaginación, en donde vivían ustedes, caminaban descalzos, dormían esperando que mis afectos se despertaran.

La danza de uno

El hombre solitario es una bestia o un dios.

Aristóteles

Estuve buscando su mirada por dos largas horas. Me divirtió la hipocresía de mis colegas al no comprender la puesta en escena, pero no burlarse, su elaborado respeto al esperar pacientemente a que alguien decidiera levantarse y abandonar el teatro. Encontré algo cautivante en su cuerpo manchado de arcilla, zarandeándose entre velos de organza. Podía saltar, estremecerse, convulsionar al ritmo de canciones populares o cantos gregorianos. Yo estaba atrapado en el arte de salvar mi propia vida, poesía obligada que no fluía, que se imponía sobre el destino que tenía trazado mi ingenio para mí. Poeta. Qué invento ridículo, qué gran blasfemia. ¿Existe alguna expresión del alma que deba ser impuesta por la razón? ¿Se obliga un verso?, ¿se produce un guion, como se produce la carne enlatada o el queso?

Sin más, esperé a que saliera la bailarina para adularla, decirle con desencanto que era un artista abrumado por la realidad que buscaba a una musa como ella, que reparara en mi libro de Keats asomándose en la mochila. Me fumé otro cigarrillo, intenté dibujarla en el reverso de la programación cultural del mes, subí las escaleras, bajé las escaleras. No sabía cómo, pero se había ido. La había perdido, se esfumó con tal destreza que reescribió los acontecimientos de esa noche sin consideración alguna.

Pasó el tiempo suficiente para que descubriera que era ella, la nueva cajera del café de la plaza al costado de la universidad. El sitio era pequeño, extrañamente subterráneo, decorado con pinturas minimalistas que evocaban sofisticación, como si el cliente se encontrara en alguna fantasía onírica danesa. Alterado al verla, pedí un café, de esos artesanales que se hacen con máquinas futuristas y me recuerdan las clases de química en el colegio. Esperé escuchar su voz pero solo me entregó la factura.

Volví al día siguiente, el lugar estaba solo. Bajé los escalones con la emoción de un niño que busca conchitas en la playa. Mariana estaba limpiando las mesas del lugar mientras tarareaba alguna canción en francés —en un francés bastante malo, que me hace sonreír al recordarlo— que sigue acompañándome hasta estas horas de reflexión obsesiva sobre su calidez. Puedo escuchar su canto empalagoso, recuerdo ese olor a peras, su cabello brillante, tan delgado, su exquisitez y cómo coqueteaba con su compañero asegurándose de que yo estuviera viéndola y demostrándole mi agitación.  Visité el café tantas veces en el mes, que dejé de asistir a las clases de la tarde. Y qué más da, jamás seré poeta. No recuerdo cuándo fue exactamente que conversamos por primera vez, pero tenía  esa necesidad egoísta de asegurarme de que podría desacralizar su belleza de porcelana.

Dijiste que sí, divagando y esperando que tal vez salieran algunas verdades de la humareda. Nos tendimos en el pasto, callaste más de la cuenta. Estar cerca era descubrir una penosa manera de querer estar solo. Enamorado de una muñeca, una princesa que bailaba como si nadie la estuviera mirando, que veía el escenario como un lienzo, una hoja de papel en blanco, mientras la creatividad de su poeta fingidor, Ismael Caballero, se desvanecía sin prisa, augurando el final de toda obra maestra que deseara el padre de este hombre, el famoso escritor que ganó el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar.

Nunca entendí qué me ofrecía o qué le ofrecía a ella. Hacíamos más profundo el vacío del otro y nos arrastrábamos a tristes maneras de concebir el mundo. Era cómico entender la despedida como una bienvenida constante. Alejandro me diría años después, en el mismo bar del Nogal en el que compartimos como amigos todos los viernes, que sentía admiración al ver los frutos de mi amistad abnegada. Eran felices, o al menos eso creí el día de su matrimonio. Para empezar, jamás le entregué el anillo que compré en mi corta estadía en Manhattan. Ni le propuse que viviéramos juntos, aunque había diseñado los espacios de un apartamento en el que me imaginaba bailando con Mariana. Véanme aquí, el experto saboteador, despertando el tal vez nunca para conservar el jamás podría. 

Véanme aquí espectadores, despertando el recuerdo del Isaac que le entregué a Dios sin saber si se arrepentiría de obligarme a sacrificarla. Mariana sacando los sándwiches, las cervezas, los pinchos, las frutas. Tarareando como siempre que quería llamar mi atención. Y este tonto, desprovisto de cualquier intención de protegerla, simplemente pronunció filosas palabras de despedida, de esa despedida-bienvenida constante. Te entrego, Mariana. Como si fueras un botín, una corona o lingote reemplazable. “Estarás mejor con él”, “debo dedicarme a escribir”, “no quiero suaves distracciones que se entretejan en mis afectos”… Yo simplemente no sé amarte. 

Véanme aquí. Sin galardones, sin la aceptación de mi padre, sin un dios que castigue o perdone, sin Mariana. Me acompaña el hastío de esta habitación. Me escondo en el seno materno, en la interminable danza de uno —el número perfecto—, la inmortalidad del Superhombre que se ha quedado solo. 

A vuelta de mensajero

El hastío de los domingos a Ismael Caballero, en el fin del mundo.

14 de octubre de 1999

Fue una triste sorpresa recibir tu carta, amigo mío. Veo que te has propuesto alejarte de mí con un ahínco propio del alma desesperada por desconocerse ante un reflejo que ella misma ha construido. Quisiera recordarte que era este servidor quien sostenía el lápiz que me acusas de arrebatarte. Juzgas, señalas, pero desconoces tu responsabilidad. Eres tú el más interesado en mantenerme a tu lado. ¿Olvidas que incluso en el Paseo Venecia susurré que entregaras ese anillo que de manera cobarde guardaste por tres años? No recuerdas nada, Ismael.

Me facilitas mi trabajo sin darte cuenta siquiera. Las voces en tu cabeza te obligan a abandonarlo todo. Escribiste por tres meses una novela que se quedó en la papelera esperando ser algo algún día. Te cuestan los finales, no sabes nada sobre los ciclos. Y tal vez por eso te encanta la poesía, porque como Machado sólo recuerdas la emoción de las cosas. Tomabas un té queriendo revivir los nombres de aquellos con quienes intimaste envuelto en su olor, tenías presente el deseo o la pesadumbre. Y como un niño repetías las palabras que se anidaban en tu cabeza, dejando ideas desplumadas que te hacían sentir peor. ¿Cuántas veces has iniciado tu oración con un debí, un hubiese, un quería? No me culpes a mí de tu abandono. El hambre estaba, la sed estaba. Era tu deprimido ingenio el que se negaba a tomar la cuchara o el vaso.

Estos ojos míos se disuelven en tus gestos amenazadores, en tus gritos que palpitan. Te quejas del olor de la caliza y la arcilla mientras sigues levantando un muro. Te lamentas de tu soledad pero te envuelves en alambre de púas y lloras y maldices. Vives solo, almuerzas solo, eres odioso, políticamente incorrecto. Te jactas de despreciar a tu familia, de no necesitar un Dios o alguien que sienta simpatía —qué digo, lástima— por ti.

Me enteré que tu tío Gonzalo ha muerto. Nos vemos en el funeral.

El infierno de la costumbre

La costumbre es una segunda naturaleza que destruye la primera.

Marcel Proust

Babilonia la Grande se pavonea, mientras los santos rescatan de los escombros los torsos desnudos de refugiados sirios y nosotros reímos y tomamos té con los cuatro jinetes.

La reina desfila sobre lo que se fue sin despedirse, en la traición de la niñez y en la tarde marchita. En la penumbra de mi penumbra y las nubes invisibles y radioactivas. En la ceguera y la mendicidad, en la violencia de tu silencio. En lo muerto, en lo extraño. En lo desconocido y sepulcral se configuran ausencias que son como dolores de parto.

Qué más da, es el día segundo. Todo empezó y todo termina, con un gesto gracioso y refinado pasaré la página del periódico, la muerte está sentada en el mismo vagón, la costumbre nos coquetea y expone sus siete cabezas y diez cuernos.

Me preguntas si te amé. En el caos te responde la noche que derrama mis cartas, te contesta el despuntar del día en un río de cuerpos y sus posturas lánguidas. Me preguntas si te amé. Asómate a la ventana y contempla la lluvia naranja. Que si te amé no importa. Ya nada importa.