Svetlana, tengo sed

Es menester saciar la sed. He caminado por el desierto del Ryn y siento que ya estoy perdido. Las heridas de mis pies se mezclan con la arena caliente, mi garganta ansía beber sólo un poco de agua y a mi pesar, me aferré a la idea de encontrar otro oasis en el camino.

He sido visitante asiduo de distintos parajes con fuentes que no me sacian. ¿Por qué vuelvo a tener sed? El viento seco me da suaves bofetadas que me mantienen despierto. Mi tienda fue construida con ilusorias estacas, de falsas pieles que se sienten, pero que se alejan. Nadie habita en ella porque nadie ha sido invitado. Mi error fue creer que el vacío era la falta de una pieza cuando en realidad era una presencia. Los vacíos tienen nombres, las búsquedas fallidas se convierten en sed excesiva una vez más. He acercado mis labios al cáliz unas cuantas veces también. Y tengo sed. Tengo tanta sed que sigo caminando e intentando encontrar pozos, ríos y manantiales. Todas las corrientes de agua han pasado sobre mí, arrasando todo mi interior con labios lisonjeros y faldas acampanadas.

Olas de cabellos castaños ahogándome en espejismos de saciedad. Diosas aztecas que se alimentan de corazones y sangre. Se renueva el orden cósmico alimentándose de la sed de esta soledad, esculpo figuras de arena de ídolos que se burlan de mi caminata burda y carente de sentido.

Euforia, el corazón palpita queriendo salirse de mi pecho. Quiere abandonarme porque sabe que lo castigaré, le haré creer que tiene razón, que puede alimentarse de la intermitencia, del misterio, de la atracción silenciosa que me ocupa. Siento el dolor en carne viva, es placentero. Es una entrada gratuita al teatro del horror y puedo escuchar el primer llamado: despierta, Alejandro. Segundo llamado: despierta, Aleksandr. Tercer llamado: estás en el escenario. Y estás en un desierto, estás desnudo, el sol, la sed. La bendita sed.

El jueves en la tarde me encontraba en la cafetería del teatro y leía a Carrère esperando la función de las 20:30, cuando una mujer se me acercó sin ningún reparo y me dijo si podíamos compartir la mesa. Asentí, y luego me preguntó qué estaba leyendo. En un acto de confusión y distracción casi infantil, le respondí asegurando que la literatura rusa realmente me intimidaba. Ella me confesó que no estaba familiarizada con ese escritor. Tuvo la gentileza de recomendarme dos escritoras rusas y seguí leyendo. Escuchaba una voz en mi interior cuya agresividad aumentaba paulatinamente, que me decía “Carrère no es ruso. Es francés”. Gracias a eso desperté del letargo sabiéndome un perfecto idiota. ¡Carrère no es ruso, es francés! Y la mujer probablemente lo sabía, pero en un acto de compasión heroica decidió no dejarme en ridículo y pisotear y escupir y maldecir sobre la tumba de mi honor abaleado. Si bien me encontraba leyendo en ese momento Una novela rusa, los personajes con nombres rusos, las calles con nombres rusos, los lugares de la majestuosa Rusia poscomunista no hacen a la literatura rusa, no son la literatura rusa. Un francés escribiendo sobre rusos no se podría considerar literatura rusa. Y me lo tengo bien merecido por haberme dormido leyendo a Dostoievski, por leer con recelo y desdén a Chéjov y por siempre ponerle la tilde a Nabókov en donde no debería estar. Esa mujer tampoco apagó mi sed, jamás lo habría hecho. La imagino riéndose sola en el jardín o contándole a sus amigas que cruzó palabras con un esnob que no puede comprender la diferencia entre dos repúblicas semipresidencialistas separadas por más de seis mil kilómetros y aproximadamente ocho horas de vuelo. Perdóname mujer, prestaba atención a tu cercanía. Calculaba qué tan probable sería beber de tus aguas. Te creí oasis en una alucinación orquestada por Satanás.

Mi sonrisa de perro callejero saluda cada mañana a ese ángel que en lugar de resarcirme me brinda una esponja con vinagre, se burla de mi sed y se retuerce de placer, al verme derrotado en una batalla en la que la muerte me envuelve como la más inminente tormenta de arena.

Hola ángel. Hola mujer del teatro. Hola, desconocida del metro. Buenos días, señorita de la ópera. Hola Svetlana. Mr. Hyde con perfume de mujer, cuya boca se funde con la mía y deleita mis sentidos y adormece mi dolor. Siento saciedad, en ese momento mismo en que somos uno soy real, existo a través del beso y de la amada. Vivo, es un instante, se acaba, se apaga, regresa con cada rostro, revive en cada cuerpo.

Svetlana, mi sed retorna.

Casi como volar

Son las 3:42 am. Víctor despierta con una fuerte migraña y lo envuelve un aura de manchas lapislázuli, violetas, plateadas… —El abismo de nuevo —dijo levantándose y presionándose las sienes—. Los anticonvulsivos no me hicieron nada.

Se queda inmóvil frente al espejo del lavamanos, con los ojos cerrados y la luz está apagada. Siente náuseas, aún más agudas que las que ha sentido ante el desinterés del mundo por conocer la verdad. Le acoge el silencio fatigoso de descubrir que su cuerpo está temblando, a veces de rabia, a veces de miedo.

Mi cielo, estoy ahí pero no soy yo. Yo no sé cómo explicarme, no es mi espíritu el que la golpea. Veo mis manos propinándole golpes, pero no soy yo. He dejado ese lugar y no siento nada.

Es un aficionado a la pesca deportiva. Quizá el pez vela de 102 kilos que suplicaba su compasión retorciéndose y salpicándole la cara, escuchó el testimonio que lo salvaría del abismo. Esa era la razón de sus constantes visitas al Pacífico colombiano. Cada día en Cabo Marzo era un día de expiación. Rodeado de sierras y barracudas, saboreando con dificultad el agua salada y asombrado por la fascinante quietud y el color esmeralda de las aguas, se sintió mareado y feliz, abrumado y etéreo, balbuceaba, se desvanecía en la lancha.

—Nos levantamos en la mañana descubriendo que empiezan otras 24 horas de aguantar la respiración bajo el agua. En el fondo, justo en el resquicio de la perenne soledad, invitamos a la melancolía, a la frustración, a tantos peces que en cardumen vienen y se van de nuestra memoria.

Sabía que al regresar al pequeño apartamento en su barrio solitario en Bogotá, la taza vieja de porcelana azul, esa misma que tenía repujados algunos arabescos, la estúpida taza tan pequeña y a la vez tan robusta, esa vieja taza rebosante de cafeína barata no resolvería nada. El pasaje al acto es romperla. El verdadero pasaje al acto es levantarse del escritorio, vociferar los discursos que habíamos enterrado porque “qué dirán los viandantes desprevenidos”, tirar la puerta con violencia tal, que suenen alarmas y ladren perros y maúllen los gatos callejeros. El pasaje al acto es tomar el elevador hundiendo los botones con todos los dedos de ambas manos, asustando a quien nos vea con acelerados resoplidos de indignación. Correr hacia un bus, gritar al conductor, pelear con la mujer embarazada que nos juzga con ojos demenciales al ver que le negamos la silla azul. Subirle a la música industrial que vomita toda nuestra ira contracultural, contaminar los pensamientos con la estridencia de las ambulancias, los llantos insoportables de los niños, los gritos de los vendedores ambulantes que fueron desalojados en lo que otrora fuera el reino del caos de la carrera Séptima entre calles 10 y 13. Quedarse en algún lugar desconocido, secarse las lágrimas con las mangas del abrigo, resistir el mareo, respirar. Cuando no queda nada más que decir, rige el insondable recuerdo de un vacío, de una pérdida.

El pasaje al acto es desenterrar sueños disparatados, es libertad, es casi como volar no tan alto como para derretir nuestras alas ni tan bajo para arruinarlas con la espuma del mar. Cuando no queda nada más que decir y el sinsentido se apodera del transcurrir de los años, nuestros ojos se posan en unas manecillas absortas en la promesa del futuro, del progreso, del mañana. Y las manecillas se posan en las 24 horas siguientes. Y las siguientes. Y las siguientes. Y las siguientes. Y las siguientes. Y las siguientes.

Susana recordaba a su padre apretando enérgicamente el cuello de su madre. Se acordaba de esos momentos curando ojos morados y laceraciones, abrazándola después de haber aguantado una perorata de Víctor sobre la locura, el amor y la muerte, mezclada de agresiones verbales, bofetadas y algunos vasos de vodka. Venía a su mente la sonrisa triste de su padre, al escuchar que ella le sugería un grupo de apoyo para personas diagnosticadas con agorafobia. Y podía recordar, en días asfixiantes como aquel, la llamada anónima que le avisó la repentina muerte de su padre. En el baño de un café ubicado en un barrio que jamás había visitado, en ese mismo lugar, Víctor se queda inmóvil frente al espejo del lavamanos, con los ojos cerrados y sí, la luz está apagada. Siente náuseas, aún más agudas que las que ha sentido ante el desinterés del mundo por conocer la verdad. Le acoge el silencio fatigoso de descubrir que su cuerpo está temblando, a veces de rabia, a veces de miedo.

A veces de tanto miedo.

La enfermedad de Quetzalcóatl

La dignidad no es consustancial al ser humano. Esa es una elaborada mentira que se alimenta de campañas de autoayuda y publicidad auspiciada por compañías perversas, que obnubilan el cerebro con basura decorada y lindos moños y etiquetas. Mi dignidad fue objeto de retorcida diversión para mis estudiantes, ya que mi crisis nerviosa decidió acompañarnos en la clase más importante del semestre. Había preparado algunas ideas sobre la literatura prehispánica y la mirada condescendiente del director de carrera me auguraba éxito como era usual en mis asuntos, siendo el portentoso nominado al premio Alfaguara de Novela. Saborear cada día de mi deslumbrante existencia, una victoria o un estimulante aplauso, se convirtió en un hábito malsano.

Habría de saberlo cuando fui llamado a la oficina del director, quien evadiendo mi mirada me pidió que me sentara, se sentó y empezó a garabatear en la Moleskine de The Beatles que yo le había obsequiado en la Navidad del año pasado. Mis manos estaban sudando. Ese día también me acompañaba la sensación de que iba a morir allí mismo. Es como si desde el momento que estuve en el funeral de Alicia, la muerte me hubiera elegido, marcándome con su hálito negro de crisantemos húmedos y tierra estéril. Estaba impaciente, sentía la boca seca y tuve que carraspear unas tres veces antes de dar paso a una voz ronca que entre la apatía y la humillación musitó a Carlos Julio porqué carajos me había llamado.

—Mi apreciado amigo. Sabes qué te quiero, ¿verdad? Ha sido un placer tenerte en nuestra Facultad.

—¿Ha sido? ¿Me vas a abandonar tú también? Me rehúso a pasar las siguientes mañanas de recostándome en un sofá a leer Le Monde o The New York Times mientras una niñera asea mi habitación. ¿Es eso lo que quieres para mí?

—Antonio, no quiero exponerte más. Es menester que a pesar de ti mismo y tu recio orgullo, pidas ayuda. Necesitas ayuda.

—El Doctor Santamaría no aceptó que me hospitalizaran. Le dije que la sífilis se convertiría en mielitis transversa y así fue.

—No te han diagnosticado tal cosa. El año pasado juraste tener hepatitis, hace dos años, cáncer. Tus ausencias en las aulas perjudican a los estudiantes, tienes citas médicas todas las semanas. No es tu cuerpo el que está enfermo, Antonio.

La albahaca está fresca. Fui al mercado por la pasta de anchoas, las alcaparras, el vinagre, el perejil, el ajo y estoy seguro de haber olvidado algo importante. Qué bien huele. Me recuerda a Alicia gimoteando por sus quemaduras cada vez que cocinábamos.  Era frágil, delicada. Tan delgada por esa maldita enfermedad. Vivía en un estado permanente de negación, yo sólo quería salvarla.

Antonio, toma tus analgésicos. El dolor se irá, podrás regresar al hospital. No, mi cielo. No tienes hambre. Es sólo un síntoma del malestar. Estás en los huesos, mi vida. Tienes fiebre, mi vida. ¡No llores más, Antonio! Estás cadavérico. Necesitas a tu madre.


Quisiera decir que me encontré en un apacible duermevela, pero en realidad desperté sobresaltado en el comedor. Soñé con mi madre cuidándome de mis fiebres constantes. Era enfermera y siempre sabía qué hacer. Habría deseado no ser tan débil.

—Doctor Santamaría, tengo erupciones en las manos. Ya no dicto clases en la universidad. Eso me genera ansiedad, siento picadas en el corazón.

—¿Estuviste manipulando hiedra de nuevo?

—No lo recuerdo. Doctor, por favor intérneme, los analgésicos que me recetó no son suficientes. El frío que recibí en el funeral de Alicia me afectó los pulmones.

—Antonio, ¿por qué sigues diciéndole Alicia? Era tu madre.

—¡Estas ampollas me molestan, no puedo escribir! Doctor, olvidé comentarle que soñé de nuevo con mi madre.

Del rojo corazón de Quetzalcóatl brotó la flor de oro y la semilla. Tengo hambre, Antonio. Me duelen las manos, no quiero que cocinemos. Me duelen las manos. Ven al jardín, Alicia. Deja tus manos en la corriente de agua fría. No quiero volver a cocinar, perdóname. No, no es tu culpa. Ha de ser el tétanos. Es el vino del amor, delicia del calor de la mujer, tesoro y sosiego del guerrero, útero donde nace la vida. Creas y destruyes, Alicia. Serpiente emplumada.

—Alicia, toma tus analgésicos. El dolor se irá, podrás regresar al hospital. No, madre mía. No tienes hambre. Es sólo un síntoma del malestar. Estás cadavérica. Necesitas a tu hijo, Alicia.

—Antonio, perdóname.

—Creas y destruyes, Alicia. Serpiente emplumada.

Bienvenidos a la noche

La distancia me lleva a entender que no existe ningún nosotros, que sólo soy yo y el eco de mí y el recuerdo de ti, que se escapa con el miedo.

Leo en las noches. Me recuesto y descalza, con el cabello desordenado, ansiosa me hallo por sedarme con las palabras que brotan de la sed de otros. Las últimas noches confieso no haber tocado ningún libro. No me acompañó su peso, ni su olor envejecido. Sin embargo, leí. Y sí, «Einmal ist keinmal». Lo que sólo ocurre una vez es como si no hubiera ocurrido. Tomás en La insoportable levedad del ser lo aprendió con la historia de los checos y con su propia vida.

Leí páginas de historias de amor veladas por el deseo, ahogadas en el sonido de una oscura orquesta dirigida por Herbert Von Karajan. Imaginé bellos cuerpos con mentes vacías rogando por aprobación, mientras la voz grave me guiaba hacia el descenso. Una voz grave que en realidad se sentía suave, el ser no-ser de las características que se graban en los afectos. Seguí avanzando con algunas pausas, marqué con promesas falsas algunos pasajes que llamaron mi atención. Me detuve, los releí buscando secretos, santos griales, creía mentira que cada capítulo me sedujera, me gritara en avisos luminiscentes disfrazados de epifanías.

Leí páginas en el agua, sentí la caricia de las palabras que me obligaban a morderme los labios, a sentir frustración por el silencio como imperativo ético. Calla, necesitas continuar. No eres parte de la historia, no eres un personaje, tendrás que vivir sus romances, sus alegrías, entender sus pensamientos siendo la nada. La espectadora invisible, la que toma el libro/el cuerpo/el alma entre sus manos. Quien escucha la confesión pero jamás la que da indulgencias. En la guarida, esas voces fueron miradas. En la oscuridad tanto natural como del alma esa mirada transgredió, desacralizó, no quise leer un párrafo más.

Salté al epílogo, quería abandonar. ¿Qué objeto tiene? Ya los diálogos se repiten en mi mente. Los escenarios se imprimen en el mundo onírico. Los deseos, el pájaro posado en el pecho… los besos, la luz, la poca luz, el aura que electriza los miedos, la sonrisa que tumba argumentos, voluntades… todo está en mí ahora.

El destino, el todo debe ser como es me escupe en la cara. Me obliga a cerrar, a olvidar esa historia. Esa voz fue mi libro en el crescendo de la angustia. Esa voz me acompañó en la combustión de mi soledad, creó realidades, dio vida a universos que implotaban al día siguiente. Esa voz se apagó. Y he de regresar a la cama, con el mismo desorden, los pies que fingen no haber caminado hacia el abismo, he de regresar a los libros como refugio, como trinchera, como una torre. He de regresar con todos, con los espíritus que narran, que crean vida de la humareda y de las hojas secas . He de regresar a ese último rincón en el que se escuchan los latidos de un corazón porfiado que jamás estuvo realmente vivo.